La campaña de San Lorenzo en la Copa Sudamericana no terminó con un estallido, sino con un gemido, y ese es precisamente el problema. Una derrota 0–1 ante Deportivo Recoleta, un modesto club paraguayo sin trayectoria continental que valga la pena, eliminó al Ciclón en la fase de grupos (5). Simultáneamente, Santos venció 3–0 a Deportivo Cuenca para avanzar, pero ese resultado se volvió irrelevante en el momento en que San Lorenzo no pudo resolver lo suyo (5). Un equipo que había remontado dos goles en Brasil para arañar un empate 2–2 en la fase de grupos no pudo generar ni un solo gol cuando más importaba. Eso no es mala suerte. Es un plantel al que le falta el filo de sangre fría que se exige en este nivel.
Rodrigo Auzmendi, el héroe de aquella remontada ante Santos, no se escondió. "Teníamos todo para ser primeros", dijo después, calificándola como "una noche negra" y pidiendo disculpas directamente a los hinchas (4). Su honestidad es admirable, pero sus palabras también revelan una verdad incómoda: este grupo creía que era superior a Recoleta y jugó como si el resultado se resolviera solo. No fue así. El equipo paraguayo, fundado hace apenas dos décadas y operando con una fracción de los recursos de San Lorenzo, simplemente lo deseó más (6).
La eliminación cae en medio de un terremoto institucional. Las elecciones presidenciales del sábado llevaron a Marcelo Culotta al poder, y llega con un proyecto deportivo construido alrededor de dos exjugadores del club (1). Sus promesas de campaña ahora enfrentan una prueba de fuego inmediata. El club coqueteó con la quiebra por la deuda del fondo suizo, una saga que retumbó durante la semana mientras los hinchas analizaban si la administración saliente siquiera había verificado correctamente la obligación (Reddit 3). Los fanáticos hablan abiertamente de un club que "ya no tiene margen de error" después de años de promesas rotas y conflictos internos.
Y luego está el circo de Neymar. El presidente interino Sergio Costantino reveló que el ídolo del club, Paulo Silas, planea reclutar personalmente a la estrella brasileña, calificándolo como una de esas "ideas locas que pueden marcar la diferencia" (3). Es una fantasía encantadora, y quizás levantó el ánimo por un día, pero la fantasía no gana partidos decisivos de la Copa Sudamericana. No organiza una defensa que concede goles fáciles. No construye la seriedad institucional que San Lorenzo necesita desesperadamente.
Augusto Batalla, ahora en Rayo Vallecano, ofreció un contraste involuntario esta semana. Hablando sobre Vallecas, dijo: "Mi padre era carnicero. Yo sé lo que es el trabajo, lo que es la calle, lo que es tener justo lo necesario" (7). Esa identidad curtida y con los pies en la tierra es exactamente lo que San Lorenzo reclama como propio. Hoy, el club no la está viviendo. El resultado electoral marca un verdadero punto de inflexión. Culotta hereda un equipo séptimo en la liga, una eliminación continental que aún escuece y una hinchada agotada por el caos. La reconstrucción empieza el lunes. No puede empezar con sueños febriles de Neymar.